Estat d'opinió Eduard IbáñezArtículo de opinión de Eduard Ibáñez, director de Justícia i Pau Barcelona.

El Papa Francisco, en su reciente encíclica Laudato si’, que tuve ocasión de comentar en este blog, ha denunciado la “tecnocracia” dominante, es decir, el creciente poder de la técnica y de la ideología materialista que le acompaña, como una de las grandes raíces de la degradación medioambiental y social que padecemos.

Su visión no es nueva. Ya hace tiempo que se acumulan dudas y preocupaciones frente a la evolución imparable de la técnica. Numerosos filósofos a lo largo del siglo XX (Romano Guardini, Heidegger, Adorno-Horkheimer, Marcuse…) han desarrollado una importante crítica de la racionalidad tecnológica y han señalado sus peligros. Se constata que el continuo crecimiento tecnológico le otorga cada vez más poder, hasta el punto de manipular ya los orígenes de la vida y de controlar el mismo código genético humano, pero no parece sometido a reglas vinculantes para guiar nuestro comportamiento y afrontar los cambios y problemas que plantea.

 

Ésta es también, hace ya tiempo, una gran preocupación para la Iglesia, expresada en numerosas ocasiones, y que ahora Francisco reitera de forma aún más radical. En este sentido, el Papa Benedicto XVI (en línea con sus predecesores), en su encíclica social Caritas in Veritate (2009) dedicó un capítulo específico al tema de la técnica y su relación con el desarrollo. Para evitar cualquier malentendido, partía de forma expresa de una valoración positiva de la técnica como “hecho profundamente humano, vinculado a la autonomía y la libertad del hombre” en el cual “se manifiesta y confirma el dominio del espíritu sobre la materia” y que permite mejorar las condiciones de vida de la humanidad. Ahora bien, Benedicto XVI denunciaba que el progreso técnico y sus éxitos, han llevado a una falsa creencia en la autosuficiencia del ser humano, bajo la idea de una libertad absoluta y sin límites y esto ha llevado a “la absolutización” de la técnica. Desde esta perspectiva se tiende a considerar válido y verdadero todo lo que es factible, eficiente y útil, eliminando las cuestiones del porqué, del sentido, de las finalidades, de la responsabilidad moral, confundiendo medio y fin. Y de ahí surge la pretensión de “tecnificar” el desarrollo humano, como simple problema técnico-económico, ignorando su dimensión moral. Al mismo tiempo avanza la pretensión de tecnificación del ambiente natural, que es visto como un simple “conjunto de datos fácticos”, materia disponible a nuestro gusto y a nuestro dominio arbitrario. Esta visión ignora la “gramática” inscrita en la naturaleza, que nos indica finalidades y criterios para un uso inteligente y responsable. En consecuencia, se abre paso a la tentación de ejercer la violencia contra ella.

En Laudato si’, Francisco, en línea con este pensamiento e inspirándose en el pensamiento del filósofo cristiano Romano Guardini, profundiza en esta reflexión. Sin dejar de afirmar el valor positivo de la tecno-ciencia bien orientada, como productora de cosas valiosas, señala la tecnocracia como una de las principales causas de los enormes daños infringidos al medio ambiente. Por una parte, constata que el inmenso poder y capacidad de dominio que ha dado la tecnología al ser humano no ha ido acompañado del suficiente desarrollo moral y espiritual de la humanidad en responsabilidad, en valores, en conciencia de los límites de la propia libertad. Esto hace que el ser humano no esté preparado para usar con acierto el poder creciente de que dispone y que aumente constantemente la posibilidad de usarlo perversamente, ya que no dispone de elementos para controlarlo.

Ahora bien, para Francisco, el problema fundamental es la forma cómo la humanidad ha asumido la tecnología y su desarrollo, en un paradigma, hoy dominante, homogéneo y unidimensional. En este paradigma se destaca un concepto de sujeto que ve la naturaleza como puro objeto, pura materia disponible para la experimentación, posesión, dominio, transformación y para sacar el máximo provecho de ello, ignorando el mensaje que la naturaleza lleva inscrito en sus estructuras. El ser humano se declara falsamente autónomo de la realidad y se constituye en dominador absoluto. Y eso lleva al “hundimiento de la base misma de su existencia”, porque –citando en este punto a Juan Pablo II- “en lugar de ejercer su papel de colaborador de Dios en la obra de la Creación, el hombre suplanta a Dios y con ello provoca la rebelión de la naturaleza”.

El drama, para Francisco, es que ese paradigma tecnológico se ha extendido a todos los estilos de la realidad, condicionando los estilos de vida y el funcionamiento de toda la sociedad, incluyendo la economía y la política, sobre la base de la idea de dominio. De aquí procede la ilusión del crecimiento material ilimitado y la creencia en que el crecimiento del mercado y el progreso tecnológico resolverán todas las necesidades y los problemas ambientales. Pero lo cierto es que el mercado por sí mismo no garantiza el desarrollo humano integral ni la inclusión social.

Frente a esto, Francisco nos reclama una valiente “revolución cultural”, que sea capaz de reorientar y limitar la técnica y colocarla de nuevo “al servicio de otro tipo de progreso más sano, más social, más integral”, dirigido prioritariamente a resolver problemas de las personas y ayudarles a vivir con más dignidad y menos sufrimiento. Se trata de tomar conciencia de que los avances y las novedades constantes no necesariamente promueven el progreso de la humanidad y que, por tanto, es preciso que nos detengamos por un momento para recuperar la profundidad de la vida y preguntarnos más por la finalidad y por el sentido de lo que hacemos.

 

 

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